Muros, túneles y escaleras

Adiós al 2018, año dos de Donald “El Trompas” Trump. No ha podido eliminar DACA, ni quitarle el TPS a cientos de miles de inmigrantes y refugiados. Las cortes no lo dejaron quitarle presupuesto a las ciudades santuario, y las deportaciones siguen por debajo de los horripilantes números de Obama.

Pero “El Trompas” sigue terco con su muro y está desesperado, tanto, que el gobierno no está funcionando. Sus fanáticos andan juntando lana en una cuenta para pagarlo, ese que supuestamente México iba a pagar, y llevan 16 millones de dólares, el 0.8 por ciento del costo estimado.

Divertidamente y de revire, hay recaudaciones para comprar escaleras más altas que el muro y para construir túneles. Todo un circo. En el mundo hay muchos muros y paredes. En el año 122 de nuestra era el emperador romano Adriano construyó el que lleva su nombre en Britania, para delimitar sus territorios conquistados. Londres tiene uno en el río Támesis, para defender sus puertos, y en Escocia está el Muro de Antonino, otro romano que marca fronteras.

Ese muro, el Offa’s Dyke, divide completamente a Inglaterra y Wales.

En Francia está el Muro del Atlántico, en Roma los Muros Aurelianos, el Muro Dannevirke en Dinamarca, y en Moscú las Murallas del Kremlin. Grecia tiene los Muros de Faleron, afuerita de Atenas, el del Pireo y el de Temístocles. Alemania tiene el Muro Rhaetian Limes, y la pacífica Suiza tiene sus Muros de Basel, rodeando esa ciudad.

Asia y África tienen el de Anastasio en Turquía, el de Constantinopla, por supuesto la Muralla China y la Gran Muralla de Gorgan en Irán. Por no ser menos, Ucrania tiene el Muro de la Serpiente, y no se queda atrás el Muro de los Lamentos en Jerusalén, sin contar los míticos Muros de Jericó, y el Muro de Marruecos, que separa este país del Sahara Occidental.

En Perú está el Muro de la ciudad de Lima, y en México Hernán Cortés hizo uno para separar sus propiedades en Coyoacán de las de Diego de Alvarado. Aún existe y divide las delegaciones de Coyoacán y Álvaro Obregón.

INFAMES E INÚTILES

No faltan muros infames, como en París, el Muro de los Comunes, donde 147 combatientes de la Comuna de París, primer experimento socialista en la historia moderna en 1871, fueron fusilados y arrojados a una fosa común. Belfast, en Irlanda del Norte, tiene muros

llamados «líneas de paz», que dizque sirven para «prevenir la violencia entre protestantes y católicos», y entre los infames está por supuesto el Muro de Berlín, alrededor de los sectores inglés, francés y estadounidense en la capital de Alemania Democrática.

Dos muros absurdos son la Línea Molotov, que separaba la Unión Soviética y Alemania, y la Línea Maginot en Francia, barreras concreto con obstáculos para tanques de guerra, pero como se quedaron a medio construir los alemanes nomás les dieron la vuelta e invadieron ambos países la Segunda Guerra Mundial.

Otro muro moderno absurdo es el de Israel, dizque para «proteger» a los colonos de Israel de los «terroristas» palestinos, absurdo porque Israel mismo desalojó a sus colonos. Hay unos pocos memorables: En Praga está el Muro de Lennon, donde los fanáticos del Beatle le ponen poemas desde hace dos décadas, y el Muro de Beijing, convertido en «foro de la democracia» durante el movimiento de opinión en China en 1978-79, lleno de críticas contra el régimen.

En Detroit todavía hay uno el de las “8 millas”, separando lo que eran las secciones de los afroamericanos de las secciones blancas. A final de cuentas, esa es la función de los muros: separar ricos de pobres, invasores de invadidos. Ninguno ha servido de mucho. Unos se cayeron y otros los tiraron, los tiró la gente. Dudo que alguna vez haya uno completo entre México y Estados Unidos. Y si lo hay, no servirá de mucho. Y ni a nombre histórico va a llegar. No será ni el de Trump ni el de la Infamia ni del Racismo, será, igual que los demás en la historia, el Muro de la Imbecilidad.

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