Refugiado de guerra que sobrevivió para ser el mejor del mundo

  • Esta de la historia de Luka Modric, el mejor jugador de la Fifa. Ganó la Champions y fue subcampeón del Mundial.
Luka Modric con el trofeo de campeón de la Liga de Campeones 2017-2018.

Modric no juega para él. Juega para todos. La pelota en sus pies es el anticipo de los festejos. No porque él anote –aunque lo hace, y de qué manera–, sino porque un pase suyo equivale a la elaboración perfecta. Es un arquitecto que se pone el casco. Que dirige y coordina la obra dentro del césped. Este obrero vestido de gala fue el elegido como el The Best a mejor jugador de la Fifa, por encima de Cristiano Ronaldo, al que antes le hacía los pases en el Real Madrid, y del egipcio Mohamed Salah.

  • Ronaldo ya no está en el Madrid y tampoco estuvo en la gala. Es la estrella eclipsada por el pequeño Modric. Ambos ganaron la Champions por tercer año consecutivo.

Modric, sin embargo, brilló en el Mundial de Rusia. Fue el soporte sobre el que recayó el peso de la selección de Croacia, la subcampeona. Si el Mundial tuvo un protagonista emergente, The Best no se quedó atrás. Solo que ahora Modric no fue subcampeón. Luka ya no es ningún jovencito: tiene 33 años. No es ningún desconocido: antes del Mundial ya era el cerebro rubio del Real Madrid. Pero, mucho antes de vestirse de blanco y ser subcampeón del mundo, Modric tenía una vida.

GOLES DESDE EL REFUGIO

La infancia de Modric tuvo su particularidad. No solo fue la niñez de la pobreza, como les pasa a muchos futbolistas. Fue peor que eso. Modric creció en medio de la guerra. Las bombas fueron su lluvia. Las balas pasaban por la puerta de su casa. Su abuelo fue ejecutado ante sus ojos. Tenía solo 6 años cuando tuvo que huir de la muerte con su familia, esconderse en las montañas, entre árboles, con hambre y frío, mientras el aguacero bélico caía sobre la región de Zadar, en Croacia, durante la guerra de los Balcanes. Y sin embargo, Modric jugaba al fútbol. Como refugiado de guerra, tuvo un golpe de suerte: en un hotel donde se resguardaba con su familia, alguien lo vio pelotear. Fue el director del hotel el que se percató de su habilidad y lo puso en contacto con la escuela de fútbol de la región. La guerra avanzaba. La ciudad se derrumbaba. Las bombas caían. Y el niño Modric, callado, introvertido y muy frágil de contextura, peloteaba.

MARCADO POR EL DESTINO…

Por todas esas dificultades pudo haber sido un jugador diferente, uno de esos croatas recios y agresivos que dejan sangre y honor en la cancha. O pudo simplemente no haber sido futbolista. Pero lo fue. Y es un jugador que deja el honor, pero sin violencia, sin resentimientos.
Su fútbol es sencillo y elegante. Él toca la pelota como si la acariciara, como si hubiera aprendido a jugar sobre una fina hierba y no esquivando minas. "Los bombardeos comenzaban a las 6 a. m. Pero Luka jugaba como un niño”, recordó Josip Bajlo, director de la escuela de fútbol de Zadar, en un documental sobre la infancia de Modric. Luka era fanático del club Hajduk Split, pero allí lo rechazaron, por su contextura. Así que llegó al equipo rival, el Dinamo Zagreb, que también desconfió de su fragilidad y lo mandó a probar a la agresiva liga de Bosnia, un terreno hostil al que Modric sobrevivió.

Regresó a Zagreb siendo el mismo jugador diminuto, pero con más personalidad, con más carácter y una técnica pulida. Estaba listo para triunfar. Ganó tres ligas y se fue al Tottenham inglés. Comenzó su aventura fuera de Croacia.

La historia ya era cíclica. Una vez más lo menospreciaron por su aspecto físico. Sobre todo, en una liga tan exigente y atlética. Y una vez más, Modric silenció bocas. Jugó 160 partidos e hizo 17 goles. Hasta que él mismo quiso salir. En el 2012, el frágil Modric llegó pisando fuerte a otro mundo, a otra galaxia: al Real Madrid, que pagó 30 millones de euros para tenerlo. Luka se puso el elegante overol blanco, el que parece que no se le ensucia. Pero lo ensucia. Porque en el Madrid nunca resigna una pelota. Balón que recupera, porque los recupera, es una inminente oportunidad de gol. No tardó en convertirse en un galáctico admirado por el Santiago Bernabéu.

* “Él toca la pelota como si la acariciara, como si hubiera aprendido a jugar sobre una fina hierba y no esquivando minas”.

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